JOSEP MARIA Espinàs (El Periódico.com) No sabría yo decir, ahora, quién es el campeón del mundo de ajedrez. Años atrás, los nombres de Fischer, Kaspárov, Kárpov y otros me resultaban familiares. Sencillamente, porque los periódicos dedicaban notables espacios a explicar qué ocurría en las sucesivas partidas de un campeonato del mundo.
Me parece que, de un tiempo a esta parte, esta información se ha reducido mucho. Antes se explicaba el carácter de cada jugador. Se analizaba por qué uno de los competidores por el título había ganado una de las partidas de la larga serie, o por qué la había perdido o empatado. Empatar se llama «hacer tablas», una expresión singular. En Catalunya había bastantes poblaciones que tenían un ateneo o un centro deportivo-cultural que contaba con una sección de ajedrez.
Quizá me dirán que aún existen, y que precisamente lamentan que no se hable del ajedrez como a los ajedrecistas les gustaría. Lo que quiero recoger en esta columna es, solamente, mi impresión de que la presencia pública del ajedrez se ha reducido, prácticamente, a algún rincón de periódico donde se propone al lector que resuelva un final de partida, junto a los crucigramas y los sudokus.
Evidentemente, en el mundo del ajedrez no hay estudios, ni fichajes millonarios, ni hay peñas de fans, ni los jugadores llevan camisetas de colores ni exhiben pancartas ni cantan, ni –está clarísimo– es posible retransmitir una partida de ajedrez por radio y televisión. El juego es lento, y las repeticiones de las jugadas no tendrían ningún interés visual.
Me pregunto si los niños de hoy juegan al ajedrez. Los niños de mi tiempo sí jugábamos. De una forma elemental, claro, pero pasábamos un buen rato pensando en un movimiento, estudiando las hipotéticas respuestas del otro, imaginando posibilidades, adoptando supuestas estrategias. Estábamos sentados, quietos, y el cerebro trabajaba. No sé qué sarcástico personaje pronunció esta frase: «Sí, jugar al ajedrez desarrolla la inteligencia... para jugar al ajedrez». De todos modos, aprender cualquier juego de coordinación, solfeo, dibujo o construir frases correctas son buenos estímulos.
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